Saturday, October 31, 2009

EL FONDO DEL CIELO

Ayer por fin conseguí un ejemplar de la más reciente novela de Rodrigo Fresán, El fondo del cielo. Terminé de leerla anoche, ya era tarde, todos dormidos. El libro encierra momentos preciosos, nostalgia de un futuro que nunca fue, la ciudad, nieve, desierto, amor, melancolía, mucha melancolía, ciencia-ficción, el fin de los fines del mundo, están Kubrick, Vonnegut, Oesterheld y El Eternauta, Bioy, Dick en forma doppelgänger, entre otros. Está la guerra, un teniente loco, la radiación, avenidas cubiertas de vidrio roto, ¿dije ya el amor? Está el amor. La novela es precisamente un conjunto de “tantos momentos maravillosos contemplados al mismo tiempo”. El fondo del cielo (título perfecto para esta historia) es un espacio, un no-espacio, un quiasmo en donde la realidad es voluble y ondula hasta deslizarse debajo del horizonte, no, no debajo, entre esa línea, esa singularidad donde el cielo aplasta al planeta. Una singularidad en donde Isaac y Ezra se fusionan con Ella, un fondo del cielo inquietante, triste, hermoso y familiar.
Búsquenla. Leanla.

Tuesday, September 15, 2009

ZOMBIE [Alfaguara: abril 2010]

Monday, September 14, 2009

ZOMBIE [pronto]

Friday, August 14, 2009

EL HORROR DE BERKOFF de Francisco Ortega

Unos meses atrás me llegó un correo de Francisco Ortega con un archivo adjunto; era el manuscrito de lo que llevaba de su novela, El Horror de Berkoff. Si son lectores de su blog fortegaverso, lo más probable es que se hayan encontrado con uno que otro fragmento del libro.
Una noche, durante las vacaciones, mientras aún me encontraba en el frío y la nieve de Nueva York, me puse a leer el manuscrito. No lo solté hasta terminarlo. Era justo lo que tenía ganas de leer, pero que no había logrado encontrar en las librerías que abundan en aquel país. Una suerte de híbrido siniestro entre lo mejor de Stephen King y lo más inquietante de Lovecraft. No revelaré mucho sobre la trama aparte de decir que aprovecha los ambientes más perturbadores del sur, que los protagonistas son un trabajo de cuidadosa empatía y que algo oscuro y siniestro aguarda en los pasillos, en las calles, y por sobre todo lo demás, en aquella esquina Berkoff.
No sé en qué momento ni con quién Ortega decidirá editar su novela, pero cuando llegue a los anaqueles de las librerías, háganse un favor y lean El Horror de Berkoff. Van a ver que aguardarán la puesta del sol con ansia, que las noches de lectura se pondrán más oscuras y silenciosas, que el terror puede ser un lugar familiar y extrañamente acogedor. Y cuando terminen de leer... cierren las ventanas, apaguen las lámparas y tiemblen un poco debajo de las sábanas.

Thursday, August 13, 2009

ESTRELLAS MUERTAS de Álvaro Bisama

Estrellas muertas fue el último manuscrito en llegar a mis manos. Álvaro Bisama me lo envío por email y abrí el documento como para echarle una mirada al inicio. No acostumbro leer textos largos de la pantalla, pero Estrellas muertas ni me dio la oportunidad de imprimirla. Es una novela que se presenta en dosis, algunos capítulos no son más que dos o tres frases, los más largos no se pasan de dos o tres páginas. Cada dosis te hace más adicto, pero no porque sea una narración vertiginosa ni por el enganche que puede producir una secuencia de acontecimientos. No. Estrellas muertas es una historia de amor, de memoria y de espacios que te perfora con zarcillos y púas para poseerte hasta la última página. Acontece en la década del 90, dentro y fuera de ambientes ideológicos, entre huérfanos militantes que sienten la resaca siniestra de la post-dictadura. Es en esta desolación volitiva y espacial que se encuentran la Jana y el Peña. La atracción que sienten y la relación que se cristaliza da tirones en una dialéctica corrosiva, cada uno ahondándose en identidades postizas y en círculos que de pronto son cripto-ideológicos y a la vez, refugiándose en el regazo del punk, la soledad y el solipsismo.
Estrellas muertas es un recorrido sugerente de espacios ruinosos que posee cierta melancolía feroz y a la vez preciosa. Una historia de amor en que las partes comprenden que el otro es inescrutable, sin embargo, no claudican. Se someten a la violencia y destrucción que exige el intento.

Wednesday, August 12, 2009

KALFUKURA de Jorge Baradit

Cuando supe que Jorge Baradit iba a escribir una novela juvenil, inmediatamente pensé en Neil Gaiman y el éxito que tuvo al llevar su mundo a un público más joven. Cuando me llegó el manuscrito, me di cuenta que, a diferencia del caso de Gaiman, Kalfukura es mucho más que una reducción de conceptos apuntada hacia una determinada demografía. Es una pieza clave de la mitología metafísica que Baradit ha estado construyendo y rescatando desde que escribió La conquista mágica de América e Ygdrasil. En la superficie Kalfukura es un ejemplo quintaesencial del viaje mítico, narrado de tal manera que cualquier lector de 12 años en adelante pueda disfrutar de la historia. Sin embargo, justo debajo de la superficie del Chile de Leonardo Caspana (el protagonista de apenas 12 años), vibra un ritmo pre-simbólico e insondable. Esa vibración hace resonancia y te impulsa a acercar el oído a la tierra. En este aspecto, Kalfukura trasciende la novela juvenil y hace que el lector, cualquier lector, reevalúe la manera en que escoge identificarse con su Historia y el lugar en que habita. Incluso, se podría decir que Kalfukura funciona como un antídoto para la amnesia metafísica que prevalece desde la conquista. No se confundan ni titubeen ante la etiqueta de “juveníl”, en varios aspectos Kalfukura es la novela que posee más realismo y significado cultural que ha escrito Jorge Baradit.

Tuesday, August 11, 2009

LOS VIVOS Y LOS MUERTOS de E. Paz Soldán

Leí el manuscrito de la novela de Paz Soldán cuando aún me encontraba en el frío, la nieve y oscuridad del invierno estadounidense. Sin embargo, da lo mismo donde se lea esta excelente novela... el frío, la nieve y la oscuridad vienen con ella. Los vivos y los muertos explora la perturbadora psique que se esconde en la intimidad de las casas, los colegios y las calles del pueblo norteamericano. La novela se ambienta en Madison -un pueblo ficcional en el estado de Nueva York que tiene mucho de Ithaca y Dryden (sector donde vive y trabaja Paz Soldán). La narración formula espacios íntimos de violencia y arma personajes que deambulan perdidos en la desolación frígida del invierno. Los acontecimientos se desarrollan en torno a un hecho real, una secuencia de muertes que sucedieron en pocos meses en un pueblo neoyorquino. Lo extraño del caso surge al conocer la cantidad y la frecuencia de las muertes y la supuesta improbabilidad de que ocurra algo así en un pueblo tan pequeño. No obstante, Los vivos y los muertos no solo logra convencer al lector de esta improbabilidad, lo hace vivirlo, lo transporta, lo obliga a ver la ferocidad y la angustia detrás de la fachada de little America. La vertiente de muerte es irrefutable, la pérdida se reitera, el frío penetra, pero al lector se le niega el entumecimiento. En Los vivos y los muertos, la angustia es una obra de acumulación, los personajes desgarran porque son el producto de una empatía asombrosa. Desde el asesino y sus racionalizaciones enfermizas, los adolescentes y la monstruosidad que les desmembra la juventud, hasta el periodista investigativo que transforma esta novela cuasi-policial en algo más, en una preciosa e inquietante obra maestra. Los vivos y los muertos marcará un antes y un después en la ya brillante trayectoria de Edmundo Paz Soldán.

* A diferencia de los otros manuscritos comentados en este espacio, Los vivos y los muertos ya ha salido al mercado (Alfaguara, 2009). Acaba de ser lanzada en España y se espera que llegue por estos lados en noviembre.

Friday, July 17, 2009

[the archives]: Almost

Anoche me tomaba un café cerca de mi casa. Estaba por pedir la cuenta cuando se acercó una joven y se sentó junto a mí. Se quedó ahí un rato sin decir nada. Le pregunté si precisaba algo. Me miró. Su voz era suave, grave, casi un susurro.
—¿No te acuerdas de mí?
Estudié su rostro.
—No, perdona, no me eres familiar. Quizás me confundes…
Había dolor en sus ojos.
—Ayer llegaste a mi puerta. No te reconocí. Me contaste de nuestra vida juntos. Me convenciste, me dijiste que me estarías esperando en este lugar, en este momento, que íbamos a retomar la vida que habíamos olvidado.
La mano le temblaba y su mirada se iba opacando.
—Mira, no sé quién eres… es una broma ¿no? Elena te mandó, típica joda suya…
Hubo un silencio prolongado.
De pronto se puso de pie y volvió a su mesa. Tomó un poco de té y se puso a hojear una revista de diseño.
Pagué mi café. Al salir, pasé cerca de ella. Busqué su mirada. Tuve que demorar mi paso hasta que por fin alzó los ojos. Me entregó una sonrisa cordial, genérica, anónima, de esas expresiones estándar que uno guarda en el repertorio para sortear las miradas de gente desconocida.
Me retiré a mi casa, no pude dormir esa noche, me hundía en mis memorias. Sentí angustia. Ella ya no volvería a reconocerme. Estuvimos tan cerca.

Monday, July 13, 2009

[the archives]: Desgaste

Esa mañana, mientras se duchaba, halló un interruptor en su nuca.

Friday, November 28, 2008

MYTHOS

Ya es de noche cuando Watson abandona la casa de su amigo. Las lámparas de Baker Street emiten una luz lánguida, la niebla crea una luminosidad fría, agotadora, tísica. Cruza la ciudad, llega a White Chapel, retuerce una punta de su bigote entre el índice y el pulgar. La otra mano toca la pequeña estatuilla negra que guarda en el bolsillo, acaricia la fisonomía del artefacto. Es una figura curiosa, antigua, polimorfa, tentáculos brotan de la cabeza y alas de la espalda. Se corta el dedo al presionar contra una orilla filosa. Maldice. Saca su mano del bolsillo y se lleva la herida a la boca. Sabe bien, pero no es su propia sangre la que anhela. Se esconde en un callejón. Watson está seguro, el asesino de White Chapel, aquel destripador, vendrá. Y cuando llegue, se alimentará de él, beberá de sus arterias hasta la aurora, dejará su cadáver límpido sobre los adoquines húmedos y mugrientos... y entonces, solamente entonces, la figura que lleva en su bolsillo crujirá.

Monday, November 24, 2008

Reflexiones apocalípticas desde la sala de espera de mi dentista

El fin del mundo no será la destrucción holocáustica que todos esperan. No. Cuando todo esté por acabarse, lo sabremos con anticipación. Quizás sepamos un día antes o quizás solamente se nos dé unos minutos de advertencia, pero da igual. Algunos amanecerán con la certeza de que va a ocurrir, otros lo descubrirán de distintas maneras: anunciado en el fondo de una Cajita Feliz, comunicado a modo de despedida por el meteorólogo al cerrar su segmento, profetizado por un ejército de indigentes, o simplemente uno que otro leerá su horóscopo. Da lo mismo.
Cuando llegue el momento, todos sabremos a dónde ir, en qué lugar colocarnos, cómo aguardar el fin de los tiempos. Y cuando estemos cómodos en nuestros espacios designados, es posible que esperemos días, años, décadas... y no ocurra nada. Eso está bien. No importa. Sería un error pensar que la ausencia de un evento signifique que el mundo no se haya acabado.
imagen: Parkeharrison

Wednesday, November 12, 2008

EL PÚGIL en Francia [con traducción]

Fragmento de artículo escrito por Juan Ignacio Muñoz Zapata (Universidad de Montreal) para la revista académica de literatura comparada, "Écritures jeunesse" (émanation de la Revue des lettres Modernes: Francia). UPDATE: Aquì una excelente traducción, cordialidad de Nycteris.

Mike Wilson Reginato et les combats critiques du méta-cyberpunk

(Mike Wilson Reginato y los combates críticos del meta cyberpunk).

El saber cultural de la ciencia ficción contemporánea arriba a su paroxismo con El púgil, del autor argentino residente en Chile, Mike Wilson Reginato. Suma enciclopédica de sólo una centena de páginas, esta novela del 2008 cuenta la vida de Art, un boxeador que, en mitad de un combate, rompe en lágrimas frente a su adversario y la mirada incrédula del público. Este gesto inexplicable marca el fin de su carrera deportiva. A la mañana siguiente, después de haberse levantado con un vago recuerdo, Art escucha la voz de su refrigerador verde oliva, que dice ser el cuerpo temporal de una inteligencia artificial que busca construirse un aspecto más humano. Art o « Mayor Tom » como le bautiza el refrigerador que se hace llamar “Hal”, emprende una suerte de viaje joyciano a fin de encontrar todas las piezas para completar el cuerpo de su amigo en una ciudad de Buenos Aires que no es más que un palimpsesto de cultura pop. Uno se encuentra en la novela con préstamos palabra a palabra del cine hollywoodense y la literatura de ciencia ficción (sobre todo del film de Steven Spielberg, Inteligencia Artificial y el prefacio de Roger Zelazny en la novela de Philip K. Dick “Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”) y el rock alternativo (Radiohead, con la letra de la canción « Paranoid Android ») además de una pila de referencias a comics, literatura argentina, la farsa radiofónica de Orson Welles, batallas intergalácticas de Atari, a Calabozos y Dragones y el animé.
El fin de El púgil reenvía a su inicio: el boxeador reaparece sobre el ring cayendo sobre sus rodillas. Pero esta vez, en lugar de romper en lágrimas, termina por acogerse a un protocolo robótico, la fórmula: «Cirrus, Sócrates, partícula, decibel, huracán, delfín, tulipán, Mónica, David, Mónica» utilizada en el film de Spielberg. En la simulación del combate con el cual debuta la novela, está también la presencia de Hal, que, habiendo adquirido ya extremidades para desplazarse, activa con sus dedos el protocolo sobre la nuca del boxeador a fin que la memoria de aquél se borre, a excepción de dos recuerdos: la sonrisa de Alicia, una chica de cabellos azules que acompañó al héroe durante una parte de su periplo y el amor de David, el niño robot que ha querido siempre ser un niño humano para hacerse amar por su madre Mónica. En cuanto a Hal, revela ser la encarnación de Dardo, un viejo compañero de Art durante la guerra de las Malvinas, el conflicto territorial entre Argentina e Inglaterra en 1982. Ahora bien, el joven Art había ayudado justamente a este compañero a poner fin a los recuerdos dolorosos de la guerra en un cine abandonado de Buenos Aires en 1986.
Nada es estable en esta novela salpicada de reflexiones sobre la naturaleza indistinta entre autómatas y humanos, la mención de las leyes robóticas para Asimov, la comparación de la figura del robot a la dependencia del individuo a la sociedad y el poder, la presentación de la memoria y de sus recuerdos como un viaje mental, temporal y cibernético, etc. Con la utilización ininterrumpida de secuencias (ejemplificada desde el comienzo de la novela por la paradoja electromagnética de la cámara que filma el monitor que proyecta las imágenes que ella filma) Reginato produce una serie de sacudidas al principio de la identidad, sacudidas que se ligan también al desarrollo cognitivo y sicológico de la juventud y descentraliza al mismo tiempo la figura inamovible del rebelde cyberpunk. Así, en un nivel más metacyberpunk que (post)cyberpunk, El Púgil transforma el saber tecnológico de las nuevas generaciones en un lenguaje cultural donde los códigos son transformados por la confluencia de numerosos medios (literatura, cine, música, juegos de video) estableciendo un diálogo con el aparato conceptual del cyberpunk y la cibercultura. Es por otra parte el mismo caso lo que sucede con el poshumanismo.
N. Katherine Hayles, refiriéndose al desarrollo de la cibernética en la última mitad del siglo XX, identifica 3 aspectos que determinan la cultura contemporánea: 1) la desmaterialización o pérdida del cuerpo de la información, 2) el status icónico del cyborg y 3) el advenimiento de lo post humano [1]. Si los dos primeros aspectos se observan fácilmente en el cyberpunk, el último traza una consecuencia filosófica implícita en los dos primeros. Lo post humano es una constelación de ideas que considera: 1) las condiciones materiales y biológicas como un accidente de la historia, 2) la conciencia humana como un epifenómeno, que no ofrece nada más que un punto de vista parcial sobre un gran total, 3) el cuerpo como una prótesis manipulable y maleable y 4) lo humano como un dispositivo que puede estar interconectado a la máquina y no se distingue de ella. El Púgil permite al lector hacerse un cuadro y marcar con una cruz cada característica del post humanismo. Por ejemplo, en el gran cyborg que es construido al fin de la novela, podemos ver: 1) la manipulación de la vida y del cuerpo a través de la conexión entre el cadáver de Alicia y el corazón mecánico de David-Art, 2) el borrado de toda materialidad posible a través del cumplimiento de esta conexión en el espíritu de Art-Mayor Tom y 3) el interfaz hombre máquina a través de la fusión de los dedos de Hal-Dardo en el cuerpo del boxeador. Todo aquello sin contar la motivación que tienen los personajes de encontrar « aquella singularidad en que se originan los pensamientos » [2].
Sin embargo, El Púgil propone también una caminata a través de una « una arqueología de fantasía » [3] en una « capital sin habitantes » [4] permitiendo así salir del impasse post-humanista, fuente de la puerilidad y ansiedad cultural que Porcayo criticaba a través de la alusión a las prótesis y la visión cyborg y que aparece de manera recurrente en el primer cyberpunk. La arqueología, si nos atenemos en un sistema foucaldiano, es un sistema de reglas no escritas que describen el pasado y producen el discurso de los Otros, los ancestros, los adultos. El Púgil se podría leer más como una « genealogía », que como una historia del presente, pero el carácter fantástico y fascinante de esta pequeña novela es que la ciudad está vacía, lejos de la ley y de las formas del poder, dando libre curso a la pregunta « quiénes somos nosotros » que el mismo Foucault leía como forma de actualidad en la respuesta kantiana a la pregunta « ¿Qué son las luces? ». Archivo y crítica de la actualidad, El Púgil es la biblioteca fantástica devenida mediateca, musicoteca, videoteca y galería de videojuegos donde los jóvenes encuentran un lugar para resolver, no la pregunta « ¿Hemos devenido post humanos?», sino « ¿quiénes somos? ».

Thursday, October 30, 2008

70 años: La Guerra de los Mundos... de Orson

Entre mi padre y yo hay una brecha generacional considerable. Él pasó su niñez en una granja en Oregon, EE.UU. Desde los ocho años, se levantaba a las 4 de la mañana para salir a la oscuridad, ir al granero y ordeñar vacas. La granja estaba aislada, lejos de la ciudad, lejos de todo. Las noches eran indescriptibles, él entendía como era ver aquel firmamento impoluto y sentirse aplastado por los astros. Antes de acostarse escuchaba su programa de radioteatro favorito, The Shadow, para luego dormirse con los rastros de temor grabados en su rostro. Me gusta pensar que al escuchar, mi padre miraba el cielo nocturno por la ventana, que la granja en que vivía era como aquella en Grover’s Mill, Nueva Jersey, que en una noche particularmente oscura una sombra ciclópea haya cubierto su campo, ennegreciendo las estrellas. Qué habrá pensado al sentir el impacto; una onda de choque que estalla las ventanas, extingue las lámparas, que vibra en su pecho. Controla el pánico y se asoma con pausa entre los vidrios rotos, ve una penumbra pulsar en el interior de un cráter que cicatriza el terreno, sale corriendo descalzo hasta la orilla del holocausto para maravillar ante el objeto siniestro, un cilindro metálico, una cápsula apocalíptica.
Mientras el niño que un día sería mi padre se detiene ahí, alejado del mundo, contemplando el evento inefable, mientras un vapor oscuro se alza de la tierra herida, una voz tremenda, monumental y monstruosa se desborda de la radio, viola la inocencia, contamina la geografía e inserta un precioso pánico en la psique de Grover’s Mill, en el campo de Oregon... en el mundo entero.

Vean aquí un especial de los 70 años de la transmisión radial preparado por Alberto Rojas en EMOL. Junto con textos de Francisco Ortega y Jorge Baradit, sale el lado B de este post.

Friday, October 17, 2008

[the archives]: Cenicero

Ayer me encontré con Rod Serling. Sí, ya sé, está muerto, pero yo no soy prejuicioso. Lo vi parado en la esquina de Pedro de Valdivia con 11 de Septiembre. No hacía nada más que fumar. En su mano izquierda sostenía un cenicero de vidrio pesado. Me dio la impresión de que se lo había robado del lobby de algún hotel. Me acerqué.
—Sr. Serling… soy un fan de su trabajo.
No me miró. Siguió fumando.
Algo avergonzado, empecé a retirarme, —Disculpe, no era mi intención molestarlo.
Me tocó el hombro y me dijo, —Espera.
—¿Sí?
Soltó otra bocanada de humo.
—Déjame en paz.
Fruncí el ceño.
—Pero si estaba por irme.
—No. No así…
—Perdona, pero no entiendo.
Se acercó a mi rostro, su aliento era cálido y olía a incendio eléctrico. Susurró.
—Deja de hablar de mí, deja de imaginarme, no escribas más. No quiero estar acá en esta esquina sudamericana, fumando sin tregua, ni quiero que sigas vistiendo mi carne blanca y monocromática en este traje negro, con esta corbata delgada.
Asentí y me retiré sin volver la mirada.
Ahora no puedo dejar de visualizar su rostro. Tiene la piel craquelada, opaca, sus ojos no reflejan, tiene los labios partidos, costras negras. Sé que le hago mal.
No deseo volver a encontrarme con él.

Wednesday, September 24, 2008

[the archives]: El Gran Akhilesh

Cuando cumplí ocho años mis padres me celebraron la ocasión con una fiesta. No invitaron a niños de mi edad. Había cosas valiosas y frágiles en la casa. Llegaron algunos tíos y colegas de la oficina de mi padre. Los regalos que me trajeron no eran lo que esperaba, calcetines, un jabón pequeño y tres peines de acero. La semana anterior le había contado a mi mamá que quería que un payaso animara la fiesta, con globos, chistes, trucos y todo eso. Ella no maneja bien el tema. Contrató a un freak, un fenómeno de circo llamado El Gran Akhilesh. Los adultos ni se fijaron y me dejaron a solas con él.
-Diviértete hijo y no seas exigente con el payaso- dijo mi padre sin mirar al hombre que había entrado a nuestra casa. Me pellizcó el mentón y salió al patio con los demás invitados.
El Gran Akhilesh se sentó sobre la alfombra con la piernas cruzadas. Yo lo imité. Me observó un rato sin parpadear, sin decir nada. Afuera los adultos tomaban distraídamente, conversaban y se reían. Se habían olvidado de mí. El Gran Akhilesh se acercó, su aliento apestaba a comida mexicana, me susurró algo con un acento exótico, fingido. Lo que me dijo era irrefutable. Sin esperar mi reacción, se puso de pie y se retiró. Poco después los invitados se fueron y mis padres se acostaron. Yo quedé sentado sobre la alfombra del living.
Trabajé en la oscuridad, metódicamente metí la barra de jabón en uno de los calcetines y lo empecé a mascar hasta que logré tragármelo entero. Me saqué la camisa y me enterré los peines. Uno en la frente y los otros dos en los hombros. Fui al baño y me envolví la cabeza con una toalla. Un prendedor de mi madre fijado en el centro del turbante me sirvió de rubí. Me miré en el espejo.
-Listo.

Wednesday, September 03, 2008

[the archives]: Interrogación

Ayer Peter Lorre me confesó que es un programador clandestino para la IBM. No me quiere divulgar más, sin embargo, sé que está involucrado en algo siniestro, algo que nos afectará a todos. Cuando se cansa de mis preguntas, Peter insiste en llamarme Flash Gordon y me pide que le diga Emperador. Lo dice con tanta sinceridad, a veces la mirada se le pierde en los párpados. Anoche lo mantuvimos despierto con luces de alta potencia y un vinilo de Queen. Hoy volveré a presionarlo. Sólo es cuestión de tiempo, nuestros métodos lograrán deteriorar su voluntad. Debo irme. Él me espera.

Tuesday, August 05, 2008

[the archives]: Fragmentos de celuloide

Pequeño Jimmy, desde su casa, en este preciso instante: El zumbido de las hélices no me distraen del juego. Diminutas criaturas atari se reflejan en mis ojos. No pienso soltar el joystick. Mis viejos se acercan a la ventana. Mamá entra en pánico. Llora.
Capitán Sterling, piloteando, observa desde la cabina, ocho segundos después: Se asoma la ciudad. Hemos ensayado este momento tantas veces. Ya deben saber que venimos. Nos escuchan. Pronto sonarán las sirenas. Ya no importa, es demasiado tarde. No podré dormir por semanas después de esto. No quedará nada... nadie.
Sobreviviente amnésico, entre la ruinas, veinte días más tarde: Sopla una brisa agradable. Pienso en zombies y en la Cosa del Pantano. No sé por qué. Agarro mi bolso y comienzo a caminar. Vuelvo la vista por última vez. No creo que regrese. Semanas buscando sobrevivientes y nada. Quizás quede alguien en el sur.

Saturday, July 19, 2008

[the archives]: Estreno

Cuando la ciudad remeció con el terremoto del ‘85, todos los espectadores abandonaron las salas de cine. En una, el reel siguió proyectándose. Yo me quedé sentado en mi butaca. En la pantalla destellaban parpadeos del futuro.
Vi la caída del viejo. Vi como destruían esas torres allá en el país del norte. Vi mi cadáver a la deriva, congelado en un témpano azulino. Vi las batallas por el territorio antártico, convertido en el último continente verde. Vi los refugiados.
Me aburrí y abandoné el cine.
Me dirigí a casa. En las calles había llantos y caos. El terremoto no decepcionó. Quise comprar una Coca en un almacén. Me corrieron. Me dijeron que no joda con cosas así en momentos como este. Encontré una bicicleta tirada sobre el asfalto en el cruce de Tobalaba con Pocuro. Me subí y pedaleé alrededor de la cuadra unas cuantas veces. El tiempo estaba agradable.

Wednesday, July 16, 2008

The Bends

A veces llegan tormentas sin viento. La nieve cae fuerte, pero los impactos son silenciosos, delicados, siniestros. La noche me despierta y me asomo por la ventana, observo la nevazón, es espectral, como ver una película muda. Pienso que la nieve acumulada absorbe los sonidos, incluyendo aquellas frecuencias que ignoramos. Recién cuando se ausentan, comprendemos que alguna vez estuvieron presentes. Es como un síndrome bends sónico. Ya no oigo el soplido de mis respiros en mi cráneo. La blancura es hambrienta, lo oblitera todo, sin rastros. Quizás por eso no siento los pasos que se aproximan.

Thursday, July 10, 2008

Lo que subyace

Creo que tenía 11 años cuando conocí a Daniel Johnston. Vivíamos en la misma vecindad, su casa estaba a un par de cuadras de la mía. Yo andaba en bici. Daniel estaba acostado en el centro de la calle, vestido entero de blanco, bocabajo, había desplazado la tapa de una alcantarilla e insertado la cabeza. Me detuve. Dejé la bici tirada sobre la acera. Al acercarme oí una voz angelical, preciosa, entonando una melodía que me era sumamente familiar. Lo extraño es que también era ajena, inescrutable. Desde la alcantarilla pude discernir partes de su canción. Estaba poblada de referencias a personajes como Capitán América, Gasparín y Superman.
Pasan los minutos, sopla un viento cálido y silencioso. Daniel deja de cantar y se pone de pie. Tiene la ropa mugrienta, cubierta de pedacitos de asfalto. Aclaro la garganta. Me ve. La curiosidad me supera.
—Ehm... hola.
No responde, pero sonríe.
—...
—¿Por qué le cantabas al alcantarillado?
—No.
—¿No?
—No.
—...
— No le cantaba al alcantarillado.
—¿Cómo es eso?
—Es que allá abajo reside el Mal. Mis amigos y yo somos el Bien. En eso estaba, enviando mis amigos a combatir contra las fuerzas malignas, es que ellos son los superhéroes del Bien... ¿entiendes?
—...
Daniel vuelve a sonreir y se retira. Yo quedo solo. Permanezco un rato. Las sombras se alargan.
Antes de regresar a casa, me asomo al abismo.

Friday, July 04, 2008

[the archives]: 1983: la habitación de un niño película.

Mamá cierra el libro. Me gustan los cuentos de los hermanos Grimm. Me tapa con mi manta de Super Friends, me besa la frente, me dice -te quiero- apaga la luz y se retira. Deja la puerta de mi pieza entreabierta. Escucho la voz de Papá. Suena cansado. La luz del pasillo se apaga y se van a acostar. Acomodo mi almohada y me quedo mirando la lamparita de seguridad enchufada cerca de la puerta. El rostro diminuto e iluminado de mister Magoo me tranquiliza y me duermo.
Despierto. Una luz silenciosa penetra la ventana de mi dormitorio. Es intensa, fría, antiséptica. Me escondo debajo de las sábanas. Trato de quedarme inmóvil. Aguanto la respiración. Me pica el ojo. No quiero rascarme. Pasa un minuto. Silencio. Quietud. Lentamente arrugo las sábanas y me asomo. La luz sigue ahí. Mi muñeco de Skeletor pasa flotando hasta chocar contra la ventana. Es seguido por una pelota de nerf, Boba Fett, un Rubik´s Cube, mi Slinky... Me da risa. Salgo de la cama. Salto, tratando de alcanzar mi juguetes. Quiero flotar como ellos. Acerco mi balde de legos a la ventana y me subo.
Cierro los ojos, giro el seguro y la abro...
[end scene 23:57:01]

Imagen: Sean Kernan

Saturday, June 28, 2008

[the archives]: Epileptic radiation

Llego a la intersección arrastrando una pala. El sol se pone y los vecinos me espían desde las ventanas. Avanzo sin titubear. En las retinas suburbanas permanece un resplandor televisivo. El ruido del acero contra el pavimento atrae a un perro. Olfatea el metal y se aleja. Se queda mirándome desde la otra esquina. Cruzo la acera y el césped envuelve mis pies descalzos. En el horizonte aparece una nube negra, se contorsiona y se precipita hacia el suburbio. Llueve. Suelto la pala. Caigo a tierra.
Respiro.
Respiro.
Respiro.
Estoy bocarriba. El rugido del público me invade. Las luces del escenario descienden sobre mi. El ritmo del bajo vibra en mi pecho. Me oriento. Reconozco las primeras notas de la guitarra... She's Lost Control. Me pongo de pie, otro rugido del público, me paso la mano por la cara y tomo el micrófono, agitando mis brazos como un robot furioso.


Imagen: Joy Division Subdivision, Whorenun

Wednesday, June 25, 2008

Cielos siberianos

La familia llevaba ocho meses en Siberia. Él dijo que quería alejarse, que el mundo estaba enfermo, que quedaba poco. Ella no estaba tan segura, sabía que sus hijos pasarían hambre, más que nada temía la soledad. Tomaron un tren hacia el oriente, llegaron a un pueblo sin nombre y se subieron a un camión que transportaba ovejas. Después de casi dos días, se bajaron cerca de un bosque. Siguieron a pie. Una semana. Estaba por anochecer cuando dieron con la cabaña abandonada. Ahí se quedarían. Pasaron los meses. No trajeron calendario.
Un día ella amanece y él ha desaparecido. Los catres de los niños están vacíos. Hay un silencio inquietante. Los pájaros han callado. Sale al frío. Sabe que debería llamarlos, pero teme escuchar su voz. Una ráfaga sacude los árboles. Una sombra cubre la tierra.
Titubea antes de alzar la vista.

Wednesday, June 18, 2008

[the archives]: Luchador

Imagen ©2001Teresa Villegas
Todos los jueves El Santo manejaba su Cadillac blanco hasta Ciudad Juárez para regalar biblias. Un 8 de octubre viaja solo por un camino rural. Es tarde. La radio transmite un cover estilo ranchera de Karma Police. La penumbra en el oeste se está desvaneciendo. En el páramo la noche se precipita, la oscuridad lo envuelve todo y desciende un silencio aberrante. Sobre el manubrio aparece una luz. Pasa como un rayo. Cruza el cielo. Alarmado, frena de golpe. Las biblias se caen del asiento trasero al piso del auto. Se baja del Cadillac. Ahora son tres… cuatro luces. Vienen hacia él. Aterrizan. Salen de las naves. Sus rostros diminutos se contorsionan con odio y venganza.
El Santo se ajusta la máscara, se arranca la camisa y flexiona los brazos. Esta noche no sucumbirá. Esta noche es invencible.

Sunday, June 15, 2008

Yellow Peril Paranoia Bogart

El chino decía venir de Manchuria, que descendía de una estirpe noble y mística. Me gustaba entrar a su tienda de curiosidades. Al empujar la puerta siempre sonaba una campanita aguda y me envolvía el aroma hipnotizador de opio. Dentro de la tienda mal iluminada y saturada de humo, el viejo vendía objetos y artefactos exóticos: la garra disecada de un mono, un set de cajas chinas, un frasco con un feto flotando en formól, las supuestas plumas de un dragón oriental, el espermio de un panda, una bola de cristal y, sobre el mostrador, un bogart. Este último fue el que más me atrajo. No medía más de quince centímetros. El chino lo había colocado dentro de una caja de zapatos, dijo que lo había rescatado del interior de una vieja tele Sony. El bogart estaba bien vestido y, al parecer, sano y bien alimentado. Le ofrecí la totalidad de mi mesada por el pequeño hombre. El viejo se resistió, dijo que yo era demasiado joven para semejante responsabilidad, que ser dueño de un bogart no era cosa de niños. Insistí. Le agregué mi reloj Casio digital al botín y reiteré mi oferta. El viejo mordió su pipa, afiló los ojos, y aceptó.
Feliz por mi adquisición, tomé la caja y me dirigí a la salida. Sonó la campanita. Antes de que la puerta cerrara tras mío, escuche al chino susurrar una advertencia. No entendí bien, pero logré discernir cuatro palabras: luz, agua, comida y medianoche.

Tuesday, June 10, 2008

[the archives]: Insert Coin

Estoy en una galería de juegos electrónicos de la calle San Diego. Es de noche. Tarde. Los demás locales han cerrado. Mi mano derecha se aferra al control, el índice izquierdo se apoya en el botón de plástico amarillo. Juego a través de mi reflejo en la pantalla. Meto otra ficha. No puedo detenerme. Lágrimas se deslizan por mis mejillas. Deseo la muerte, pero la máquina no me suelta. Mientras tanto, en las sombras más desoladas de mi mente, diminutos invasores holográficos destruyen mi voluntad.

Thursday, June 05, 2008

The American

James desea abandonar el granero, pero no se atreve. Se esconde detrás de un tractor y pasa la noche sobre unos sacos de arpillera. Hace frío. Sueña con su hermanita. En la profundidad de la noche escucha el repique de una campana escolar. Su cuerpo tiembla en la oscuridad.
Amanece. Se acerca a la salida del granero. El horizonte está manchado. Un humo apestoso se filtra por la tierra y flota sobre las colinas. Descansa la mirada en una ciénaga. Sus dedos juegan distraídamente con un soldadito de plástico que encuentra en su bolsillo.
Cruza el umbral y se aleja. Al descender, resiste las ganas de volver la mirada.

Wednesday, May 28, 2008

Residencia en octubre


Anoche, mientras dormía, tembló. La cama se corrió unos centímetros. Me quedé inmóvil por varias horas. No sé qué hora es, pero el sol no se asoma. Las tablas del piso no dejan de crujir. Las ventanas de la casa se empañan y las sombras se ennegrecen. Hace frío... respiro con dificultad. Tengo sed.

Monday, February 04, 2008

Sojourn


No sé cuantas semanas han pasado desde la última lluvia. El viento conjura torbellinos de ceniza. Estoy manchado de hollín. Quisiera lavarme, pero no queda nada. Los ríos y los lagos fueron vaporizados… estoy muy lejos de la costa para saber si el mar permanece. Me quedan unos sorbos de agua en un tambor oxidado. Lo escondí detrás de unas rocas. Levanto la vista hacia el cielo. El recuerdo de las estrellas se ha desdibujado. Cierro los ojos y trato de visualizar las constelaciones... no puedo. Siento amargura en mi garganta. Si sigo en este lugar, la oscuridad terminará conmigo. Pero he estado trabajando... Tecnologías anacrónicas me llevarán lejos de aquí.


Imagen: ParkeHarrison

Tuesday, July 17, 2007

de nuevo